Mujer, ¿el “hacer” te da valía personal o es una falta de ésta?

La clave no es priorizar lo que está en tu calendario, sino programar tus prioridades.

Stephen Covey

Mirando mi vida y la de muchas mujeres con las que he tenido el placer de convivir y trabajar he llegado a la conclusión que la mujer encuentra o por lo mínimo busca su valía personal en el hacer. He visto y escuchado a amigas, clientas, familiares, inclusive yo misma abandonarse en tareas, compromisos, peticiones, una y otra vez día tras día, semana tras semana, mes tras mes.

Podemos justificar nuestra decisión de estar ocupadas de muchas maneras. Entre las más comunes frases que me ha tocado escuchar o decir son: me hace sentir productiva, no puedo quedar mal, cuentan conmigo, soy la única que puede hacerlo, soy responsable, es lo que toca, me sabe mal no hacerlo, no hay quien le ayude, que van a decir si…, no puede esperar. Como consecuencia de creerme lo que digo o digo lo que creo, la mujer parece saberse valiosa debido a la capacidad que tiene de hacer. La estimación de aprecio que merece la basa en el hecho de cuanto hace sin tomar en cuenta cómo influye sus decisiones en su bienestar personal y su valía personal intrínseca. Pensando que de la cantidad de personas que crean en lo mismo que ella confirmará que sus decisiones son acertadas.

Un ejemplo de ello es la mujer que desarrolla su vida profesional a la par de la personal en un ambiente corporativo. Hablo de este, porque me ha tocado ser parte de él por muchos años. Sin miedo a generalizar hay un común denominador de mujer en este ambiente de trabajo. “Ella” acepta todas las conferencias y video llamadas a las que se le invita. Lee su carpeta de correos incesantemente porque no se le vaya pasar accionar lo que, según ella, sí o sí le pertenece. “Ella” además de las responsabilidades que su trabajo le pide, se adjudica o acepta tareas extras, como entrenamientos y mejora de procesos sin mirar que el horario laboral ya de por sí estaba sobrepasado. Muchas veces “ella” no se da cuenta que lo hace. Hasta que llega un día que algún compañero se queja de la inutilidad y pérdida de tiempo de la video-llamada que está liderando y explota justificando su carga de trabajo, tratando de convencer a su compañero (y probablemente convencerse a sí misma) de la importancia de la llamada. Cerrando la discusión con el buen ejemplo de decir que lleva semanas trabajando horas extras para el bien del “proyecto” sin que nadie le considere o le pague tratando así de minimizar, avergonzar o tal vez culpabilizar al otro por su comentario fuera de lugar. Una situación así me tocó presenciar no hace mucho, cuando una compañera exploto como globo lleno de confeti que pinchan con una aguja al momento de ser cuestionada. Solo que en este caso en lugar de confeti mi compañera derramo toda la ira, el hartazgo, y cansancio que ya venía cargando desde hace tiempo.

Otro claro ejemplo son los compromisos personales fuera del ambiente laboral. Son innumerables las veces que me ha tocado escuchar los itinerarios de compañeras y familiares y notar el estrés de lo que significa para ellas, no en cuestión de manejo del tiempo, sino en cuestión de salud mental, física y emocional. Compromisos desde ser parte del comité de la escuela, llevar a los hijos a dos o tres entrenamientos entre semana, quedar con la amiga quien busca contar todas sus penas, poner la ropa sucia a lavar, ayudar a los hijos en las tareas escolares mientras cocina y lava los platos, cuidar del gato de la vecina, la visita tradicional a los padres y a los suegros cada fin de semana, y una larga lista de etcéteras que se van añadiendo día con día.

Estos ejemplos son los que me han llevado a la reflexión ¿porqué el hacer es tan importante para nosotras? ¿qué es lo que viene detrás de tanta justificación? y si porque no decirlo, ¿para qué anteponemos la prioridad de “hacer” al bienestar personal?, ¿qué obtenemos a cambio al cuestionarnos nuestra valía personal intrínseca (dada por el simplemente hecho de ser) en “si no hago”?

La epigenética conductual y la psicología ya nos han brindado algunas respuestas. Por ejemplo, existe la idea de que los efectos de un trauma pueden transmitirse a las siguientes generaciones a través de la epigenética. Aquí cabría pensar la lucha que tuvieron nuestros ancestros para demostrar su valor, para ser reconocidas y respetadas. Madres y abuelas que vivieron injusticias, humillaciones, prohibiciones pertenecientes a su sexo en tiempos pasados y que son parte de la expresión de nuestra genética. Otra explicación son las vivencias que tuvimos como niñas y que nos impactaron emocionalmente formando nuestro carácter, creencias, y conductas de quienes somos hoy como adultas. Niñas que vieron a su madre priorizar el trabajo antes que su familia, y vivieron una carencia de afecto; o lo opuesto niñas que vivieron la abnegación de las mujeres de su familia hacia con otros, abandonándose ellas mismas. Una explicación más es lo aprendido e imitado al ser parte de una familia, de una comunidad, de la sociedad que nos ha enseñado a medir nuestro valor y éxito en el hacer-tener. Tomamos las evaluaciones de los demás como las propias. A mayor esfuerzo mayor será la recompensa. ¿Y cuál es esa recompensa que antepongo a mi valía personal intrínseca, a mi bien personal?

Hay una necesidad de ser respetada, aceptada, apreciada, valorada, admirada. Hago, porque nadie me enseñó a yo misma darme ese respeto, aceptación, apreciación, aprobación y admiración. Crecí entendiendo que, al hacer, me gano mi valor personal.  No me es suficiente con apreciar el ser humano que soy antes de hacer. Hay una frase muy popular entre mujeres decir: es que si no hago no soy productiva, no aporto. Se tiene la idea que ser productiva es meter en un periodo de tiempo cuantos más tareas y proyectos posibles. Y eso implica para ellas un mayor o menor reconocimiento en consecuencia. Sin embargo, lo que se quiere creer no es necesariamente la realidad. La realidad es que esta mamá, esta amiga, esta compañera de trabajo, esta yo, simplemente no se ha detenido a preguntarse qué quiere. Su enfoque sigue siendo la gestión del tiempo, la imagen que proyecta, la comparación con otras, y no se ha dado el tiempo de aclararse que es realmente significativo para ella. No ha logrado aún la suficiente perspectiva para saber qué es importante y que no lo es. No hay una definición de sus prioridades, ni de sus valores intrínsecos, ni de las acciones que elige para proteger su bienestar.

¿Qué cambiaría cuando “ella” entienda que el único cliente, familiar, amigo, jefe con quien tiene un compromiso de por vida, y a quién le debe satisfacción y agradecimiento es a ella misma?

Amiga, querida lectora, la próxima vez que te sientas abrumada por la cantidad de compromisos y tareas en tu día te invito a reflexionar las siguientes preguntas.

  1. Este compromiso, ¿lo he decidido yo, o he permitido que una persona externa tome la decisión por mí?
  2. ¿Cuál es la necesidad que estoy queriendo cubrir o cual sentimiento, pensamiento, creencia sobre mi estoy queriendo evitar abandonándome en todos estos compromisos?
  3. Este hacer, ¿tiene un sentido? ¿me hace feliz? ¿Mantengo mi salud mental, emocional, física y espiritual?

Recordemos que el hacer no nos hace más, ni menos que otros y otras. No tenemos porque mal-tratarnos por disfrutar de nuestros tiempos libres con juicios y comparaciones. Es valido que nuestro bien-estar este por encima de la hiperactividad y la superficialidad que imaginamos se espera de nosotras. Al final, no perdemos nada al “no hacer” si estamos listas para darnos todo eso que deseamos de fuentes externas. Reconociendo que esa valía personal ya se encuentra dentro de nosotras.

Un abrazo,

Edith

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